Escribe: Dra. Aliany Concepción.
“Si no tengo amor, nada me sirve”, como bien lo manifestó en su primera carta el apóstol San Pablo a los corintios 1:13. “Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso, soy como una campana desafinada”.
Sentimiento que mueve a la especie humana, desde lo más primitivo y básico de nuestra existencia, en sus diferentes manifestaciones; fraternal, paternal, platónico, etc. Siendo de estos la manifestación de lo más profundo que podamos sentir y disfrutar, el amor propio.
Recientes
Este es una pieza clave para nuestro desarrollo personal y determinante con las relaciones sociales.
No me refiero a que estemos orgullosos de sacar nuestro ego a dar un paseo y se quede como carta de presentación nuestra, al contrario, ser conscientes de nuestro comportamiento nos ayuda a modificar la relación con nosotros mismos y, por lo tanto, con el resto.
Debe ser cultivado desde la infancia, con una crianza respetuosa, olvidando los límites sancionadores y partiendo desde el respeto, la aceptación, derechos básicos de protección y el amor incondicional.

Porque ¿Cómo puedo dar algo que no tengo? Somos una máquina en automático, repitiendo patrones, ya que a la hora de amar somos el resultado de lo aprendido.
Llega este mes y nos volcamos en demostrar que amamos, aunque nos estemos lapidando en el día a día.
Esto sí es ser codiciosos, abnegados, incluso exhibicionistas por tal necesidad de derroche en lo público, de tal despilfarro de amor repugnante, que en muchos casos es falso y que, al llegar a casa, estamos vacíos en la intimidad y derrotados a pedazos en nuestro entorno; esto no pasa si sentimos y buscamos el verdadero amor, ese que es verdadero, ya que nada es más eterno que nuestro propio ser.
El que ama no debe aguantarlo todo, más bien aprender y ser consciente de que el amor a nosotros mismos no es negociable, es lo más rentable, todo lo demás es pasajero, como la vida misma.

