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El el canto de los pajaritos

El balcón me recibió cuando aún el sol no se había asomado; la ligera oscuridad permanecía haciendo honor a nuestro atípico invierno en el trópico… ese que no siente el frío ni las nevadas inesperadas.

En unos minutos pasadas las 7:00 a. m, destellos de azul intenso comienzan a hacer presencia en el cielo del Gran Santo Domingo, los mismos que acompañan a los corredores que buscan en las calles un respiro a tanto encierro. 

Como caballos, mantiene cada quien su paso, logrando correr «enmascarillados» en una maniobra extraordinaria del ser humano. Sí, nosotros somos la raza superior de la creación y ese gran poder de adaptación me sigue sorprendiendo cada día.

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Esa fortaleza que emana de las conexiones inexplicables entre el corazón y el cerebro; esas que nos han mantenido –casi 11 meses– «encerrados» en pandemia. El evento que nos terminó de demostrar que, sin salud, no vale la pena nada más. 

Pero, ¿solo salud? Pudiese decir que no, el valorar lo simple de un respiro profundo y puro acompañado de personas valiosas… El sorbo del café aún quemando las entrañas; las acciones sin palabras de una noche acompañada envueltos bajo sábanas; vivir el milagro de no tener covid o haberla superado.

En ese balcón donde miro a la calle (ser testigo de la aparición de los rayos de luz se ha vuelto inyección de poder), algunos días me regalan su canto unos pajaritos enamorados y escurridizos. Se asoman a mi jardín y me hacen historias graciosas (o me las imagino yo); me traen dulzura, amor y me han dejado una lección: no podemos controlarlo todo y nuestro destino solo Dios lo tiene escrito. 

Sé libre, auténtico y lucha por tu propia felicidad.

¡Ah! Esa palabra u estado se trabaja día a día, y es variable su concepto según cada quien. ¿Cómo saberlo? Si te da paz, te hace feliz. 

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