Este hombre me está mirando de reojo desde hace varios días. Es una mirada de sospecha. ¿Qué será lo que está planificando? O más bien, ¿qué será lo que está pensando?
¡Ahí está mirándome otra vez! Su miradita silenciosa es un peso que me quita concentración, mientras trato de terminar este informe que es más largo que esta temporada de calor.
Hago una pausa, y como sus ojos me están asediando, yo también lo miro de reojo. No tengo ánimos ni tiempo de iniciar una conversación incómoda. Ahora no. Tengo que enviar este asunto sin que me caiga encima el atardecer.
Recientes
Se ha puesto a dar paseítos detrás de mí. ¡Pero qué barbaridad! A mí me están corriendo los sudores por la espalda y no es la ansiedad, si lo que quiere es llamar mi atención, cuando la tenga; mejor será que valga la pena porque me estoy incomodando de verdad. ¿Pero será que el calor y Felipe no me van a dejar trabajar?
Sigo sudando y solo pienso en terminar. Pero decido hacer una pausa para beberme tres vasos de agua porque esta temperatura me va a matar. Y justo ahora me llega una alerta al celular anunciando que el polvo de Sahara se queda otra semana más. No, pero…
Ahora Felipe ha comenzado a tararear.
– OK. Vamos a hablar.
– Por ese pasilleo y esa forma de mirarme tiene que ser una urgencia. ¿Qué es lo que pasa?, le pregunto.
Entonces me dice que ha estado observándome porque hace varios días que estoy evitando sus caricias. Que si hay alguien que se interpone entre nosotros que se lo diga. Que si…
Dejé de oírlo porque mientras seguía su lista de quejas por falta de amor, me distrajo la gotita de sudor que iba camino a su cuello desde su frente.
-Felipe. Le digo. ¿Tú no tienes calor?
-Claro que sí. Contesta
-Pues ahí está tu respuesta.

