Casi se va agosto y es tanto lo que ha pasado este año, que mis reflexiones comunes de principio de diciembre empezaron a asaltarme ahora, cuatro meses antes.
Este 2022 ha sido tan intenso hasta ahora que, cuando hago un repaso visual de lo vivido, la única imagen que veo es a mí misma encaramada en una montaña rusa de mil curvas. Nada representa más el vaivén y el sube y baja que han vivido mis emociones este año.
Sentir que la vida te asfixia, deseando con ansias un respiro, la carrera del reloj empujándote y tú como que no encuentras cómo soltarle la mano. El día a día con sus demandas, la familia, los amigos; la gente en la calle que cada vez es menos gente…
Recientes
¿Estaré en uno de esos picos de madurez? He pensado y he analizado demasiado y me pasó lo que casi nunca me pasa: enfermé. Culpa de ello gasté un dinero importante en consultas y medicamentos. Y si por culpa de las ocupaciones ya no me divertía tanto, pues estando enferma pasé a disfrutar mucho menos. ¡Qué miseria!, pensé.
No puedo terminar este año sintiendo que los días se me fueron como agua entre manos. A mí no me luce estar dizque viva porque respiro. Esa no soy yo.
Por eso, esa mañana del sábado me senté en mueble con un plan: romper este flujo de locuras que me estaba convirtiendo en algo que no me gusta y que definitivamente no disfruto. Recuperaría el hábito de hacer y darme placer con las cosas que disfruto, pero primero tendría que ser rigurosa y respetar mi tiempo para hacerlo. Busqué los baches y las fugas de horas que se están llevando a Matilda corriente abajo. De repente, sonó el teléfono…
Era de la funeraria. Una mujer de nombre Mara me estaba llamando para ofrecerme servicios velatorios con nicho incluido en el cementerio. Yo no lo pedí, pero el universo parece que sabía que yo necesitaba una señal más directa que una bola rápida de Nolan Ryan para que dejara de hacer tantos planes con la vida y que, simplemente, comenzara nuevamente a disfrutarla.

