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Entre ritmos y raíces: Daymé Arocena nos lleva a un viaje musical de autenticidad y pasión

Desde el momento en que vino al mundo, la música ha sido una constante en la vida de Daymé Arocena. No recuerda una existencia sin melodías que la acompañaran. «Nací en el mundo de la música», afirma con convicción. A diferencia de otras personas que descubren su pasión en un momento específico, para ella no hubo una epifanía repentina. En Cuba, donde creció, el estudio formal de la música comienza desde una edad muy temprana. A partir de los ocho años, los niños pueden iniciar su formación profesional en este arte, y sus recuerdos más tempranos están profundamente ligados a este entorno musical.

A lo largo de los años, su sonido ha evolucionado de manera natural, influenciado por las experiencias, los viajes y las colaboraciones con otros artistas. «Colaborar con músicos, viajar, girar, interactuar… todo eso te nutre», explica Dayme Arocena. Haber recorrido todos los continentes ha dejado una huella imborrable en su música. Cada país que visita le aporta algo nuevo: de Australia a Japón, de Brasil a la República Dominicana, cada espacio le brinda colores, ritmos y matices que enriquecen su propuesta artística.

Para Dayme, su conexión con República Dominicana, aunque reciente, es profunda. «Al ser caribeña, me siento muy conectada a esta isla», dice con una sonrisa. Aunque es su primera visita, ya ha colaborado con artistas dominicanos como Vicente García, Don Miguelo, entre otros, quienes han aportado su talento y esencia a varios de sus proyectos musicales. Esta interacción ha fortalecido su vínculo con el país y ha añadido nuevas capas de autenticidad a su sonido.

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Fusionar géneros como el afro jazz, el jazz, el soul y los ritmos afrocubanos puede parecer una tarea compleja, pero para ella es un proceso orgánico. «Lo que es tradición hoy fue innovación en el pasado», reflexiona. En su visión, la música no está limitada por fronteras ni etiquetas rígidas. Si una canción le pide ser un chachachá sencillo o incorporar un toque de dembow o reggae, ella simplemente sigue esa intuición. Para ella, la música es un lenguaje universal, siempre listo para ser mezclado y reinventado.

Cuando se le pide describir su música en tres palabras, no duda en responder: «Innovadora, espiritual y honesta». Estos adjetivos encapsulan la esencia de su arte, que es tanto una exploración creativa como una expresión auténtica de su ser.

Sin embargo, el camino no ha estado exento de desafíos. Como caribeña y latina, llevar su música a un escenario internacional ha implicado enfrentar un entorno a menudo hostil. «El mayor reto es hacerlo todo sonriendo», confiesa. La industria musical, con su énfasis en las cifras y la fama, puede deshumanizar a los artistas, valorando más los números que la calidad del trabajo. Mantenerse fiel a su arte y conservar la alegría es fundamental para ella. «A veces uno ve a un músico en sus primeros discos y dice: ¡Wow, qué cool! Pero luego, cuando se vuelve más famoso, ya no lo sientes igual porque su corazón se está marchitando», explica con franqueza. Enfrentar estas presiones con humildad y una actitud positiva es clave para preservar la frescura y la autenticidad de su música.

La infancia, marcada por la creatividad y la resiliencia, sigue siendo una fuente inagotable de inspiración. Creció en una casa humilde, compartida por catorce personas en tan solo dos habitaciones. A pesar de las dificultades materiales, siempre hubo espacio para la música. «Cada cosa, los platos, las cucharas, las ventanas, las puertas, las mesas, todo era suficiente para hacer rumba», recuerda con nostalgia. Esta alegría espontánea y la capacidad de encontrar belleza en medio de la adversidad siguen guiándola en los momentos difíciles.

Su proceso creativo es intuitivo y fluido. No se sienta a componer de manera deliberada; las canciones llegan a ella como si fueran un regalo de otra dimensión. «Yo puedo estar aquí y de pronto generar una canción nueva en la mente», comenta. Este enfoque abierto y receptivo le permite explorar constantemente nuevos sonidos y emociones, manteniendo su música viva y en constante evolución.

Si pudiera dar un consejo a la versión más joven de sí misma, que comenzaba su carrera profesional, le diría algo sencillo pero poderoso: «Que sonría». Mantener una actitud positiva y confiar en que, con el corazón alegre y sano, todo fluirá, es una lección que ha aprendido con el tiempo. Para ella, la felicidad reside en estar en su centro, una tarea difícil en un mundo que constantemente nos dice que no somos suficientes. «Hay muchas cosas diciendo que no eres suficientemente linda, suficientemente flaca, suficientemente alta o bajita. Encontrar tu centro y decir ‘yo soy suficiente’ es la verdadera felicidad», afirma con convicción.

A quienes sienten miedo de lanzarse al mundo de la música por temor al rechazo, les ofrece un mensaje de aliento: «El rechazo es parte del proceso». Muchas de sus canciones han nacido de experiencias de rechazo y desamor. En su opinión, transformar el dolor y la frustración en inspiración es una de las mayores virtudes de un artista. «Si uno puede transformar todo el rechazo en inspiración, la música siempre va a brotar», concluye con una sabiduría adquirida a lo largo de años de dedicación y amor por su arte.

A través de su trayectoria, ha demostrado que la música no es solo un oficio, sino una forma de vida. Cada nota que interpreta, cada melodía que compone, lleva consigo las huellas de su historia personal, su cultura y su espíritu inquebrantable. En un mundo donde el éxito a menudo se mide en cifras, ella recuerda a todos que la verdadera riqueza radica en la autenticidad, la pasión y la capacidad de mantener el corazón abierto a la música y a la vida.

Ismalay Liranzo
Ismalay Liranzo
Una muchachita vieja que le encanta crear historias de moda.
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