Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE) el feminismo es: “el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”. Nunca superioridad.
Pero como suele ocurrir, de un concepto o movimiento social, van surgiendo diferentes ramas e interpretaciones. Es positivo desde la interseccionalidad, continuar exigiendo y educando desde la perspectiva de género, con el objetivo de la desaparición de las desigualdades y discriminación de la sociedad, en función del género.
El feminismo no es ser superior al hombre, es una causa ética y social por los derechos humanos que implican a todos y a todas. No solo es un deber de la mujer que se cumpla la igualdad en la sociedad, es responsabilidad de todos y todas.
En este modelo actual que vivimos en sociedades como las nuestras: el patriarcado, debemos ser conscientes de que el feminismo está cargado de connotaciones negativas por las formas, o incluso por la ignorancia de algunas personas que no entienden o no les interesa saber que es necesario continuar “exigiendo”, porque a pesar que se ha logrado mucho en siglos, aún siguen las desigualdades entre el hombre y la mujer y se mantiene el mismo modelo arcaico: el machismo.

Lo que dicen las cifras
Está demostrado y las cifras hablan por sí solas, que cuando se vive en esa “desigualdad” en un hogar, las consecuencias psicológicas en la mujer y los hijos (futuros adultos) no son alentadoras. Generan mujeres con baja autoestima y ello a su vez, mujeres sin empatía frente a otras mujeres. Y ni hablar de que los hombres machistas son educados por mujeres… y sí, estas situaciones, en ocasiones, recaen en el abuso de sustancias.
Como mujer latina y médica que ocupa puestos de responsabilidad, he recibido y sigo recibiendo insultos y discriminación por parte de ambos sexos. Sí, ambos, porque por un tema cultural, se nos educa a nosotras para competir, para mantenernos ocupadas entre nosotras y obviar la atención en los privilegios que ostentan los hombres.
¿Por qué sucede esto?
Según conversaciones entre Yolanda Besteiro, presidenta de la Federación Española de Mujeres Progresistas, y Anastasia Nzang, presidenta de la ONG Igualdad y Derechos Humanos de la Mujer en África, publicadas en afrofeminas.com, ambas coinciden en que esto es debido a las características de la sociedad patriarcal, dominada, desde siempre, por varones. Cuanto más poder tiene el hombre con respecto a las mujeres, curiosamente mayor es la rivalidad entre ellas.
Abunda que esto sucede en todos los países, pero en aquellos en los que hay menos mujeres incorporadas al mundo laboral, se produce con un carácter más marcado. El rol que se le da al hombre es un papel dominante, de sustentador o cabeza de familia, mientras que la mujer ha estado, tradicionalmente, subordinada y mantenida por el varón, a cambio de cuidar a los hijos y realizar las tareas domésticas.
De manera que, mientras el éxito de un hombre –señala Besteiro– reside en sus logros profesionales, el de una mujer va asociado al marido con el que se casa. Eso provoca que las mujeres compitan entre sí para ascender socialmente.
Ella se centra, además, en las peculiaridades de algunas culturas africanas, en las que la poligamia, aceptada con normalidad, genera una rivalidad aún mayor y parte del mismo seno del matrimonio. Esta rivalidad trae consigo vencedoras y vencidas y tiene consecuencias claras para la autoestima de las que no salen victoriosas, para las que no son las elegidas.
En pleno siglo XXI seguimos batallando con el tema y tenemos que ser conscientes de esta situación, porque cada 7m nos recuerda que nos queda un largo recorrido para cambiar como sociedad y realmente vivir en una cultura basada en la igualdad. Debemos tener claro que somos capaces de ir más allá de los estándares que nos han impuesto al nacer: “nuestro rol”. No olvidarnos de que tenemos la obligación de crear lazos saludables entre nosotras mismas y apoyarnos mutuamente, es decir fomentar la sororidad.

Todas somos distintas, pero al final iguales de cara a la sociedad en la que nos ha tocado vivir.

