Mi amigo se sentó a contarme con frustración cómo se ha sentido discriminado tantas veces por el hecho de ser “el padre” de su hijo. Él es divorciado, con custodia compartida y está pendiente de todo lo concerniente a su hijo, las situaciones del colegio, la salud, las clases extracurriculares, etc. Además de pagar totalmente su educación, su seguro médico, sus campamentos de verano, y casi todas las necesidades básicas del niño. Sin embargo, en la escuela siguen llamando primero a la madre ante cualquier situación que se presente, a pesar de que, en su caso, es él quien está más pendiente y disponible al respecto.
Otro amigo, por poner otro ejemplo, recibió un reporte de una empleada a la que saludó de beso en la mejilla, sin ninguna intención oculta de su parte.
Y así, desde hace tiempo, me he topado con distintas historias como estas, en donde se presenta claramente el existente problema en el que, lejos del necesario y justificado feminismo, se ha llegado, en muchas ocasiones, a una tóxica antimasculinidad, e incluso antipaternidad, sumada a la realidad de un hombre que no ha aprendido del todo a lidiar con los nuevos roles o cambios que debe asumir al respecto en una nueva sociedad.
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El hombre, la paternidad y el divorcio
Dentro de los prejuicios que sostenemos está el pensar que necesariamente la madre es mejor que el padre, que siempre el hombre es irresponsable y carente de sentimientos o de compromiso. “El hombre muchas veces lleva las de perder cuando hay un divorcio”, nos comenta Hayddé Domínguez, terapeuta sexual y de pareja. “Hay mucho abuso en cuanto a la separación de bienes o acuerdos de custodia; la mujer a veces utiliza artimañas para quitarle económicamente lo más posible y, si hay hijos, algunas manipulan a los hombres para permitirles verlos”, continúa.

Lógica, estadística e históricamente hay un balance que se inclina a comportamientos incorrectos en los hombres, como proveedores, como padres o como esposos, aparte de una sociedad en donde el hombre tendía a ser el único que recibía ingresos. Por ello, el sistema judicial estableció ciertas normas al respecto para proteger a la mujer y los hijos. Pero esto ha ido cambiando enormemente en las últimas décadas, sin que necesariamente la sociedad o las leyes hayan hecho un cambio más justo sobre eso.
Cuando el hombre comienza a ser víctima
Ciertamente, la mujer ha ido recuperando un lugar de igualdad que sí, por razones de poder y machismo (masculinidad negativa), había perdido. Y claro, todavía la mujer enfrenta retos importantes en muchos países y áreas profesionales o sociales en específico, pero también es una realidad que para el hombre adaptarse a estos cambios, el proceso ha sido más lento y difícil.
Al respecto, en un artículo publicado en el periódico “El Mundo”, el escritor y psiquiatra Andrew Solomon, especialista en identidad, explica que “había una forma correcta de ser y todos los hombres tenían que dirigirse a ella. Ahora, en cambio, la situación es mucho más confusa: ¿Qué hacer? ¿Cómo hay que ser? (…). Ellas se han ido ajustando durante los últimos 50 años, y los hombres están comenzando ahora”.
Domínguez abunda sobre este tópico, explicando que “el hombre moderno lidia quizá con más retos que nunca en la historia de la humanidad. Al hombre actual le preocupa la independencia económica, dejar un legado. Le preocupa el conjugar los roles de buen padre, esposo, hijo y amigo, además de tener que lidiar con que su elogio no sea mal interpretado como un acoso o un abuso de poder”.

“En muchas situaciones, el hombre es víctima, ha sido usado en muchas variables de la vida moderna, pues se espera aún que él pague las cuentas, que provea a la misma mujer que se ufana de su feminismo y empoderamiento; también se espera -ocultamente- que el hombre cumpla con roles de antaño, mientras que a la mujer se le manda cambio de roles y una época moderna que le dice que tiene que ser distinta a su madre y abuela, mientras que al hombre no, se le insta a ser el macho que es bueno en la cama, que tiene fuerza física, que produce mucho dinero, que debe verse siempre poderoso y gerente”, afirma la experta.
Hayddé también indica que muchos de los prejuicios e indiscriminaciones que el hombre sufre hoy en día, están relacionados a ocultar su sensibilidad, no mostrarse débil, no llorar, no tenerle miedo a nada, pagar siempre las cuentas en una salida de amigos o romántica, tener siempre la disposición y voluntad para usar su fuerza física cuando hay que levantar cosas o arriesgarse, entre otros.
¿Por qué sigue siendo esto un problema?
La razón por la que la sociedad sigue discriminando al hombre en cuestiones de paternidad o masculinidad, es porque la misma no ha modificado ni se cuestiona su rol, o se niega a aceptar que el hombre haya cambiado y no todos se comporten igual. “No hay amplitud de pensamiento, porque hay una baja aceptación a que el hombre muestre sus emociones tal cual las muestra la mujer, porque se asume que el hombre es el que debe siempre dar el brazo a torcer cuando de ‘pasarla mal’ se trata, favoreciendo primero a las mujeres en situaciones de peligro, cortejando primero cuando hay un interés romántico, o sea, que histórica y socialmente se le ha adjudicado al hombre del rol de sacrificarse por sobre todas las demás personas”, afirma la psicóloga Hayddé Domínguez.

La también conferencista explica que corregir esta situación es un tema de políticas de estado, donde se involucre la educación de los pueblos, donde se respete la muestra orgánica y natural de los sentimientos y emociones sin recibir una crítica de vuelta, donde se le permita al hombre ser él mismo.
En definitiva, sería necesario un cambio educativo y cultural, donde el respeto, las emociones y las responsabilidades no estén definidas por cuestiones de género, sino de humanidad y sentido común.

