HABIBI

La palabra significa “mi amor” pero, en nuestra familia, dependiendo de su entonación y contexto, puede tener un universo de significados. Puede ser un saludo o una despedida, acompañado de uno o dos besos. Puede ser un lamento o suspiro. Según quien lo diga y cuándo, puede ser una invitación a la mesa, así como puede usarse como un “mira, sírvete tipile”. En ocasiones, se puede usar para algo tan normal como un “ven acá”, así como puede ser un “te extrañé” o un “te quiero” profundo, acentuado con una mano en la mejilla.
Abuelo Yamil nos decía “habibi” y, mayormente, eran las tías abuelas y familiares de esa generación, siempre presentes, que mantenían la magia de la última palabra árabe que nos quedaba. Una palabra con el poder de hacernos sentir seguros y que estamos donde pertenecemos. La complejidad irreductible del amor filial en un sonido.
Esta palabra tierna es como un hechizo que, una vez pronunciado, crea un vínculo, enlazando lo cotidiano con lo sublime, acompañándote en cada momento de tu vida, dándole un sabor familiar a todo. Una palabra de pertenencia que vino en barco, de muy lejos, para decirnos que somos parte del amor.
Con tantos primos de edades parecidas, cuando éramos pequeños, con frecuencia, “habibi” significaba “¡cuidado!” y “¡agarra a ese muchacho que se va a dar un golpe!”. Sospecho que, también, era una manera de no llamarnos a cada uno por nombre, ya que somos muchos y tenemos una variedad de combinaciones de los mismos nombres.
Mientras fuimos creciendo, “habibi” pasó a ser un símbolo familiar, con evocación inmediata a la tradición de historias, costumbres, personajes y sabores con la cual nos conectaba. No lo usábamos para llamarnos unos a otros, sino que, en momentos, era como un chiste interno de una palabra nuestra que nos identificaba: los habibis. Una palabra que, hoy en día, me huele a hoja de parra hirviendo en la cocina.
Ahora que los niños de las historias tienen nietos, y nuestros viejitos, uno a uno, se han ido yendo, “habibi” tiene nuevos usos, cada generación agregando matices al universo que contiene esta palabra. Un tesoro que ahora pasamos a nuestros hijos y que los conecta, con un sonido, a una tradición milenaria de amor familiar. Un abrazo robado al tiempo.

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