Seguro habrás escuchado más de una vez, ante alguna situación de calamidad, que debemos encontrar el lado positivo de todo aquello que nos pasa o una amiga te comentó, en algún momento, que todo sucede por una razón. Pero ¿Te has preguntado qué pasa cuando llevamos la positividad al extremo?
Como todo en la vida, los excesos son negativos y, hoy en día, que nos vemos arropados por una superabundancia de información, es muy común observar, principalmente en las redes sociales, cómo los mensajes de motivación, consejos y hashtags nos invitan a la positividad.
El discurso de “tú puedes con todo”, “a veces se gana y a veces se aprende”, “eres fuerte”, “puedes lograr todo lo que te propongas, solo debes creer en ti”, se asimila de una manera muy fácil y es que estos enunciados son recibidos de manera positiva por cualquier persona. Sin embargo, para una buena salud mental, nuestras emociones deben ser validadas y no pasadas por alto para forzarnos a una falsa alegría que, en la mayoría de los casos, no sentimos.
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La positividad tóxica aparece cuando incluimos dosis excesivas de pensamientos positivos en la construcción de nuestra realidad. Según la Real Academia Española (RAE), una persona positiva es aquella que es optimista y está inclinada a ver el lado favorable de las cosas.
¿Cómo los pensamientos positivos pueden tornarse tóxicos?
Cuando nuestros proyectos no tienen base en la realidad y se alimentan de expectativas que no se cumplen, estos se convierten en tóxicos y terminan encauzando a la persona a lidiar con el sentimiento de impotencia.
En el libro Neuroeducación de profesores y para profesores, María Caballero indica que la frustración es una autorregulación emocional, es decir, la balanza para mantener una óptima salud mental. “Enseñar, desde la infancia, que los fracasos son necesarios, facilita al niño el reconocimiento y la validación de sus estados emocionales”, concluye. Cuando tenemos exceso de optimismo, podemos tomar decisiones erradas, porque nuestro pensamiento nos indicará que todo es posible. Esta condición evade nuestra capacidad de análisis para determinar qué tan factibles son nuestras decisiones, todo esto gracias a una sobreconfianza en nuestras posibilidades.
¿Cómo evitar la positividad tóxica?
• Permítete fracasar. Aprende de tus errores o de las situaciones menos favorables, date la oportunidad de conocer tanto el éxito como el fracaso.
• Sé sincero. Los errores forman parte de la vida. Las virtudes no les restan existencia a los defectos. • Haz una lista de pros y contras. Analiza y procura que tus opciones estén apegadas a la realidad. • Establece límites. Nuestra mente tiene poder, es una realidad, pero no podemos ignorar los errores ni la parte negativa de las cosas.
La positividad tóxica nos dice que no debemos ser tan estrictos, nos hace menos prudentes y menos dedicados al momento de elaborar planes, porque el pensamiento es “¿Para qué hacerlo, si todo va a salir bien?” La sociedad nos dicta, con los comentarios positivos, que al final terminan convirtiéndose en impositivos, que no tenemos derecho a sentirnos mal.
La presión externa termina promoviendo reacciones poco empáticas y les hacen sentir a quienes se encuentran en su entorno, ya sea una persona enferma, que no te estás esforzando lo suficiente y que, por lo tanto, si sufres, es tu culpa. Esta “cultura positiva”, nos arrastra a reprimir nuestras emociones.
Nada es blanco y negro. Es importante que seamos optimistas, pero sin llegar al extremo de creer que todo será color de rosa. Sí hay que creer en uno mismo, sí debemos tener esperanza, pero es fundamental reconocer que no somos omnipotentes, que muchas cosas nos van a costar y que, incluso, pueden costarnos más que a otras personas.
“Todo lo que vale la pena en la vida se gana superando la experiencia negativa asociada. Cualquier intento de escapar de lo negativo, evitarlo, anularlo o silenciarlo solo fracasa. Evitar el sufrimiento es una forma de sufrimiento. Evitar la lucha es una lucha. La negación del fracaso es un fracaso. Ocultar lo que es vergonzoso es, en sí mismo, una forma de vergüenza”, Mark Manson, autor del libro The Subtle Art of Not Giving a F*ck.
La sociedad nos dicta que no tenemos derecho a sentirnos mal.



