Zamia Fandiño es una de esas artistas que no puede definirse con una sola palabra. Su carrera, que abarca más de dos décadas en teatro, cine y televisión, es mucho más que una suma de proyectos: es un testimonio de entrega, introspección y activismo. En esta conversación íntima, Zamia no solo repasa sus papeles más significativos, sino que revela cómo su oficio se ha convertido en un vehículo de transformación personal y colectiva.
“Hoy mis personajes son más contenidos”, confiesa. La evolución de su estilo actoral ha estado marcada por una transición profunda: “Antes nos enseñaban que el personaje debía ser explosivo. Hoy se valora más lo que se oculta, lo que apenas se insinúa. Hay más verdad en lo que no se dice”. Ese cambio en el lenguaje interpretativo refleja también una madurez emocional y artística, que se hace evidente en cada papel que elige.
Uno de los personajes más desafiantes y reveladores en su carrera fue Calibán, de La tempestad de Shakespeare. “Es un ser monstruoso, violador, salvaje. Pero encontré en él una ternura inesperada. Fue un proceso revelador porque al tocar lo más opuesto a mí, descubrí un espejo muy humano”.
Recientes


Zamia ha navegado con soltura entre teatro, cine y televisión, aunque reconoce que su corazón está dividido entre el escenario y la gran pantalla. “El teatro es crudo, efímero, sin escapatoria. El cine es eterno. Son huellas que quedan incluso después de que ya no estemos”.
Uno de sus desafíos más recientes fue dar vida a La Llorona en The Legend of La Llorona, figura icónica del folclore mexicano. La preparación fue intensa y profunda: “Leí todas las versiones posibles del mito, vi películas, escuché música del Día de Muertos. Me sumergí completamente en su dolor y su misticismo”. La experiencia fue tan absorbente que llegó a confundir los límites entre personaje y actriz. “Una vez, ya caracterizada, me vi al espejo y no me reconocí. Tuve un ataque de pánico. Sentí que la Llorona me estaba devorando”.
Aunque trabajó bajo una visión creativa que apostaba por la monstruosidad del personaje, Zamia se quedó con el deseo de mostrar su dimensión humana. “Me di cuenta de cuánto me gusta interpretar monstruos. En ellos también hay verdad”.


Después de este rol tan simbólico, llegó Rutas de la Vida, un proyecto más íntimo y realista. “Es otro mundo. Pero igual de demandante emocionalmente”. Cada nuevo personaje, sin importar el género, deja una huella en su proceso de elección y de crecimiento. Aunque aún no siente tener libertad total para elegir, ha comenzado a tomar el control creativo. “Estoy apostando por lo que quiero contar”.
Zamia trabaja desde una preparación holística: cuerpo, mente y espíritu. Tiene rituales personales, donde pide permiso a lo divino para entrar y salir del personaje sin quedar atrapada. “He tenido que soltar prejuicios, aprender a no juzgar. Para recuperarme, me desconecto, me voy a la naturaleza, limpio mi energía”.
Además de la actuación, Zamia es fotógrafa, diseñadora y activista. Estas disciplinas se alimentan mutuamente. “La belleza nutre mi alma. Cuanto más tocas, más se expande tu conciencia”. Con Estudio Impala ha creado un espacio de diseño sustentable, impulsada por su preocupación por la crisis ambiental. “No podía crear una marca que no fuera coherente con mis valores”.


Con una voz activa en temas sociales, Zamia cree que el arte tiene una responsabilidad ineludible: “Somos referentes. No es una opción, es una necesidad”. Por eso ha rechazado proyectos que no se alinean con su ética, aun cuando eso implique perder oportunidades. “Pero cuando una puerta se cierra, otras se abren. Siempre”.
¿Y qué le gustaría contar próximamente? “Historias más personales. Personajes que se transforman, que rompan con los estereotipos. En México hay diversidad. Hay que dejar de encasillar lo latino. Hay blancos pobres. Hay criminales de ojos claros. Hay que romper moldes”.
Zamia no interpreta, habita. Cada personaje que encarna es una ofrenda: a su alma, al arte y al público. Su trabajo no busca solo entretener, sino generar conciencia, provocar empatía y sembrar reflexión. Porque para ella, actuar no es un oficio: es un acto de conexión con la esencia humana.

