Siempre he dicho que cada ser humano es el reflejo de lo que aprendió en su hogar, y no tan solo de lo que le decían, sino también de lo que veía. Papi es el fehaciente ejemplo de vida que siempre llega a mi memoria en las situaciones de dudas. Y que quede claro, no es perfecto, pero es un hombre intachable, que da absolutamente todo por su familia.
Con los cambios y “adaptaciones” nos hemos visto obligados, en los últimos meses, a analizar las prioridades y buscar nuevas herramientas de “supervivencia”, y aunque la realidad de cada uno es distinta, sí que hemos tenido que ser medidos en nuestra forma de actuar y hábitos de consumo. Aquello me ha hecho recordar las incontables anécdotas y consejos de mi padre, el vivo modelo de la planificación y organización.
Papi es calculador (mami también) y, cuando me siento y analizo lo que pudo hacer con tres hijas, devengando un salario de médico en la estructura de la salud pública de nuestro país –sin “contactos” políticos–, no dejo de sorprenderme. Nunca nos escaseó lo necesario y, cada verano, éramos premiadas con vacaciones playeras por nuestras calificaciones.
Pasaba el año ahorrando el “dinerito” de consentir a sus niñas para que conocieran un poco más allá “del barrio”. Siempre decía: “Que nadie me les llene los ojos a mis hijas”; y sí que tenía razón. Su esfuerzo para educarnos, e inculcarnos principios y valores para hacernos mujeres de bien, surten efecto hoy.
Recientes
Ahora de adulta, al mirar hacia atrás, sigo cuestionándome cómo lo logró, cómo nunca faltó el alimento (y de paso el postre de dulce de leche con coco), aún en las temporadas de crisis… Recuerdo que cada mes íbamos al banco, a pagar el préstamo de los 30 años de nuestra casa. Nos llevaba para que entendiéramos que no hay justificación para no hacerse de un techo, que la fórmula de todo es “arroparse hasta donde la sábana alcance” y, sobre todo, tener aspiraciones.
Los fines de quincena salía la libreta donde papi registraba los gastos y programaba cada necesidad, incluso aquellos deseos míos, como mi anhelada bicicleta roja.
Nunca decía que no a mis pedidos. Su respuesta era simple: “Cuando Colón baje el dedo” (risas), hasta que aprendí que Colón era una estatua…
¡Ay papi y sus historias de los 70! Su estadía en la universidad y sus años de protesta; sus declamaciones, de cuando llevaba el afro y su macuto (mami consiguió que se lo dejara). El que siempre sabe de todo y tiene respuestas. El que se lee un libro en dos días, llena crucigramas y degusta un ron, mientras escucha los clásicos de Mercedes Sosa o Joan Manuel Serrat. El hombre más sensible que haya conocido, pero, a la vez, el más fuerte y trabajador. El que en las noches me hace los cuentos de “su viejita cariñosa” (como llama a mi madre) y del que nunca, nunca me he sentido defraudada.
Carlos, mi Carlitos, ese que subió los estándares de la paternidad y derribó machismo alguno. Gracias por hacernos de cenar, peinarnos cuando era necesario y ser, aún en esta etapa, un padre presente. Escribir de ti siempre causa el mismo efecto: amarte cada vez más.

