El ojo

Abuelo Yamil me contó una vez la historia de un joven rey quien, al tomar el poder,
decidió probar el carácter de sus consejeros y súbditos. Los congregó a todos en su
corte, les presentó un objeto delicadamente envuelto en un pañuelo y declaró:
“El que me traiga un objeto más pesado que esto que tengo en mi mano, le será
dada la mitad de mi reino”.

La noticia fue la comidilla de la corte por los próximos meses y pronto vinieron los
nobles con fastuosas joyas de oro y metales preciosos. Uno a uno fueron
presentando sus objetos, los cuales el rey colocaba en la balanza y cada vez, lo que
tenía en su mano pesaba más.

Los generales desfilaron grandes piezas de artillería y máquinas de guerra, los
mercantes llevaron productos exóticos, traídos desde todas las esquinas del mundo
y los terratenientes presentaron sus más abundantes cosechas, pero ninguno pudo
inclinar la balanza.

Recientes

Un día, la noticia llegó a un sabio mendigo que vivía junto al camino, en las afueras
de la ciudad. Luego de oír el enigma, dijo: “llévenme al rey”. Aunque incrédulos, los
hombres del pueblo llevaron al anciano a la corte. Después de presentarse ante el
rey, y frente a la mirada de todos, el sabio tomó un puñado de arena y lo colocó en la
balanza opuesta al pañuelo.

La balanza, antes inmóvil, se inclinó.

Atónitos, los nobles de la corte se acercaron al sabio mendigo, para indagar cómo él
había descifrado el enigma, y este les contestó:
“Lo que el rey tiene envuelto en ese pañuelo es un ojo humano” dijo, con certeza.
“Y para el ojo humano nada es suficiente. Este no se cansa de ver y desea siempre
más y más: pero algún día tendrá que conformarse con solo un puñado de tierra.

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