Con recuerdos difusos llegan como flashes los momentos de aquel día.
Cuando entre el azul de mi camisa y el caqui de mis pantalones resaltaban las botas ortopédicas de las que florecían –como hierba en el cemento estrellado– esas medias de encaje sin sentido.
Dos colas con rizos estructurados y cintas blancas impecables diseñaban mi cabello, el que con esmero fue lavado la tarde antes, el mismo día se planchó con pulcritud mi uniforme. Fue mi padre quien lustró con sus manos aquellas botas que tanto detesté y que, les confieso, no enderezaron mis piernas… ni lograron hacer realidad mi “puente”.
Recientes
Mochilita que, no me pasa por la mente cómo era, y una lonchera encantadora: rojo brillante con un diseño blanco que me sacaba sonrisas… hasta que al aprender a leer supe era una promoción de Coca-Cola. Mi tío Raymond la trajo en algún viaje, (ya saben los rebotes que le llegan a todo dominicano con familiares en el extranjero) porque trabajaba en Florida para dicha compañía.
Ir a la escuela no era una idea atrayente para mí. El despertar temprano, que mi madre me chantajeara con que tenía que arreglar la cama para peinarme, no eran momentos memorables en ese primer año de vida estudiantil, cuando tenía algunos 3 o 4 años (era otra época sin educación temprana).
Pero con los días, aunque solo queda grabado en los instantes del tiempo la foto en la verja de mi casa “rajada” en llantos por resistirme a ir a clases, le tomé esa atracción inexplicable al kínder: un niño que jugaba a las masillas conmigo –dejaba que se las pegara en la cara– y quien contribuía a que cada día llegara a casa nauseabundamente cochina… Cabello y uniforme eran necesarios lavarlos a diario.
La “mecánica” me nombró papi, porque, a pesar de que me lamento no recordar tanto como quiero de mi infancia, algunas cosas sí se quedaron: rodar como pelota en el piso de todo el salón de clases y jugar junto a Pedrito en los recreos como si no hubiese un mañana.
Quizás nos hace falta vivir los días como niños, ese paraíso perdido cuando los simples momentos del recreo ya eran suficientes para sentirnos plenos y felices.

