Cada tarde, después de la jornada de los deberes escolares, me dejaban salir a la marquesina de mi vecinita Yahaira. Era la especie de premio por hacer, sin reproches, lo que me correspondía como niña. Recuerdo esa oleada de felicidad cuando la brisa ondeaba mis bucles al correr, lo más rápido posible, tras ver ese candado de la puerta roja del jardín abrir. Toda una experiencia de libertad, quizás la que sentiré el día que regrese a la playa, pospandemia…
Ella era diminuta, una de esas niñas “falta ‘e cuchara”, como decía mi abuela. Nunca llevaba el cabello recogido, más bien, era una explosión de cables eléctricos lo que, maravillosamente, ocurría en su abundante melena.
Fue la primera a la que le permitieron llevar las uñas pintadas; siempre fue la madre en los juegos de muñeca y no era tan responsable en los asuntos académicos, aunque su tía (quien la había traído del campo para que la acompañara), no le ponía mucho asunto si, un día por semana, Yahaira decidía no asistir a clases.
Recientes
Antes de los 10 años ya sabía manejar, a la perfección, los calderos en la estufa. Con suprema destreza hacía moros, carnes guisadas y un variado menú criollo. En esa etapa, aún no veía su primer período menstrual… todavía no era “una mujer”.
Muchas veces pernoctó en las casas de los vecinos, tras una borrachera de la tía. Era constantemente maltratada física y mentalmente, y los quehaceres del hogar (recuerdo cómo me sorprendía el hecho de que no podía jugar un domingo en la mañana, por la obligación de lavar y cocinar el pollo del almuerzo) quedaron a su entera responsabilidad.
Nunca se quejó. Creo que asumió era lo más cercano a un hogar que iba a tener. Y de alguna manera maquiavélica, le hicieron creer que era dichosa de tener un techo y alimentos, a cambio de ser la “chacha” de su azarosa tía.
Cuando el marido de la dichosa la abandonó, ya Yahaira andaba por los 13 años. Las muestras de mujer le fueron creciendo en su cuerpo, que nunca superó los 5’1’’ pies. Su cabello ya lucía diferente, producto de los tratamientos químicos, y esas cejas depiladas le aportaban un aire de mujer vagabunda que lucha en la mente y cuerpo de una niña inocente.
En una de mis visitas (nunca dejé de colarme a verla), mientras hacía la entrada triunfal, un señor –que me transmitió miedo rotundo–, chocó contra mí y mi despiste habitual. Tras miradas rápidas y penosas, entré a mi destino. Los ojos de Yahaira estaban más perdidos y apenados que otros, pero mi insistencia por enseñarle la ropa nueva de mi muñeca, de ejercicios, superaba cualquier eventualidad de ese universo.
Los muebles de su casa, electrodomésticos y las cervezas de la tía, fueron rápidamente renovados. Los comentarios en el barrio no se hicieron esperar, y fue esa mañana de un sábado la última vez que vi y supe de “Yahairita”. No había cumplido los 14 años, no había dado su primer beso (el que le correspondía), pero había recibido un máster en cómo cuidar una casa y cocinarle a un marido.
Los sueños de ser maestra –imagino– quedaron en el olvido… Porque su cuerpo, alma y vida fueron entregados como mercancía al señor cincuentón que, cada mes, llevaría el dinerito a su tía. El mismo que, compró “el amor” de Yahaira, sin ella haber podido decidir ni opinar de su destino.

