Esa mañana al despertar, nada fue diferente. Era el mismo ritmo habitual de esta vida moderna, en la que hacer y hacer no nos deja, claramente, diferenciar el transcurrir de los días.
Trabajar, trabajar, trabajar. Producir, producir, producir… ir tachando de ese listado nos creamos y sentirnos regocijados de alcanzarlo. Recabar las metas del día a día, esas que nos guían a la gran cima final nos obstinamos por lograr.
Y nos vamos nublando del ego traicionero que nos provoca esa “satisfacción” de cumplirlo todo. De ser los más eficientes, los más proactivos. Al escribirlo se me escapa una ligera sonrisa.
¡Cuán equivocados vamos por la vida, convirtiéndonos en robots!, porque sí, llega un momento en el que el botón de automático se queda encendido y no conseguimos apagarlo.
Ocho meses de 2022, luego de una pandemia, miles y miles de seres humanos perdidos y seguimos yendo por la vida sin disfrutar el aire, sin sentarnos a ver el cielo, solo porque sí…
Aquella mañana nada fue diferente, pero cuando el sol intentaba acostarse, huyéndole al verano, la salud pidió refugio y la familia imploró atención.
¿Cuándo se volvió tan complicado “sacar” tiempo para vivir y disfrutar de lo simple?
P. D.: Solo sabemos, a ciencia cierta, del hoy. El panorama cambia de la noche a la mañana y en ti, solo en ti, recae la responsabilidad de apreciar el sentir del corazón latir. Date el chance alguna vez (algún día a la semana), de no hacer nada y permítete vivir.

