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Ver el rayo de luz…

Una conversación singular escuché mientras la musa rechazaba mi intento de escribir … Era de esas cientos de ideas hiladas con poco esmero… o eso asumí yo para contentar mi propio ego. Filosofaban entre la existencia humana, los viajes al espacio y eso tan remotamente abstracto que valida lo que “nos hace verdaderamente humanos”.


Sus puntos de vista iban recorriendo todo el patio de aquel lugar abierto en el que nos encontrábamos –aunque no se percataron de que yo también era parte del diálogo–. Como palomas en en el parque Colón, perseguidas por un grupo de niños traviesos que compiten entre sí, se estrellaban sus enunciados inusitados.

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Unos que apostaban a no ser estatuas de nosotros mismos, porque evolucionar es preciso. Otros que se dirigían al esperado “caer, levantarse, fallar…” que remataron con el “ser” y que se sintió como un frío glacial en la piel, en pleno verano.

En mis adentros, calculaba cada frase “cliché” y, contradictoriamente, cada intención genuina que vamos construyendo los humanos para buscarle explicación a lo que nos emociona o aterra; esa maravillosa esencia humana que nos obliga a seguir, y dejar que el cerebro tome su propia decisión inconsciente para persistir.

La naturaleza nos enseña a ver el rayo de luz en los escenarios más nublados,  hasta arcoíris nos regala después de la tormenta y seguimos… resurgimos después de cataclismos… la creación divina nos inyecta esperanza, nos deleita con la sonrisa de un desconocido en el lugar más lejano, en el momento que, quizás, más lo necesitamos. Y es ahí donde radica lo que verdaderamente nos hace humanos.

P. D.: Las batallas en equipo pesan menos y tienen más posibilidades de ser vencidas. ¡Ah! Y si no se “logran”, siempre nos dejan buenas historias del camino compartido…

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