Ella siempre me contaba, una y otra vez, las hazañas de su juventud. Algunas me las había aprendido de memoria… Pero su gozo al narrarlas era tan vívido, contagioso y propio, que no me cansaba.
Tenía esa capacidad de extrapolarme en su vida, en su época y alegría. Vivir en carne propia sus carcajadas que, estrepitosamente, eran interrumpidas al salir volando su “caja de dientes”.
Era esa Carmela auténtica que nunca paraba de hablar, que no le importó nunca el qué dirán, y que era sincera al confiarme sus errores y “malos pasos”.
Recientes
Una visionaria, para su época, que fue madre soltera; la que pasaba los días como conserje en Salud Pública y, en las noches, se la ingeniaba para lavar por paga, cocinar y liderar un emprendimiento de préstamos con intereses.
Era capaz hasta de “ensalmar”; hacerme comer habichuelas y darme ese soporte extremo que siempre me hizo sentir segura.
¿Su más grande enseñanza? Me decía con vehemencia que vivir el día era la mayor meta que se proponía cada mañana. Y eso de quemar las etapas y sacarle el jugo a los momentos gloriosos, lo aprendí de ella.
Más vale tener historias para contar y rememorar, que nunca haberse dejado arrastrar por los sentimientos arrebatados de un buen día.
¿Qué es lo más seguro que tenemos? ¡El hoy! Podrás planificar y dibujar el panorama, pero solo Dios sabe el camino que nos toca. En la ruta, ve disfrutando y creando instantes inolvidables que atesores en lo más recóndito de tu corazón.
Para ti Carmela de mi corazón, en el cielo me observas y disfrutas lo que lograste con aquella adolescente rebelde.

