No hay cosa más desacertada que fingir conocimiento.
A Rita, que es una persona que está todo el tiempo queriendo parecer versada y exquisita, la invitaron a uno de los tantos eventos gastronómicos que se pusieron de moda hace un tiempo.
La actividad incluía una agenda exclusiva, con chefs y cocineros de renombre internacional que, además de cocinar, al final compartirían con los presentes. Y sí, entre ellos estaba Rita, que nada sabía de comidas gourmet ni de emplatados, ni de porciones en ese tipo de degustaciones.
Recientes
La noche avanzaba en aquel lujoso hotel frente a la playa. Los mozos empezaban a colocar las delicias en las mesas alrededor de la terraza. Vinos van, vinos vienen, y las bandejas con vasos rebosados de cervezas importadas parecían flotar entre los invitados.
El murmullo de las conversaciones se mezclaba en el ambiente con la melodía en vivo y con la altísima voz de Rita. Allá se le veía monopolizando una conversación sobre vinos y maridajes junto a un grupo que disimulaba atención cuando hicieron el llamado para los bocados.
Cada cocinero le había puesto un nombre a su delicia, algunas reconocibles y otras tan extrañas como el nombre. Hay una mesa en particular de la que Rita no se despega y es que come uno, luego otro, otro y otro poco más.
–“Veo que le han encantado”, le dice el chef.
–“¡Ay pero es que esto es una ricura! Tenía un novio que preparaba esto con frecuencia porque le gustaban mucho”, respondió Rita.
Y había mentido porque no tenía idea de qué era aquello que tenía tan buen sabor
–Oh, pero qué sorpresa. Los caracoles empanizados no suelen tener muchos fanáticos por aquí…
–Espere chef, ¿cara qué?

