Tu enorme sonrisa desplayada y exótica llega en todo momento a mi mente. Su sonido estridente y auténtico resuena en mis oídos para conectarse a los sentires de mi alma. Como una especie de vuelo con destino directo al eterno amor hogareño, al aroma a café de las mañanas; ese que invadía la casa mientras aún el sol no había hecho acto de presencia, pero tu reloj anímico ya se encontraba a tope con las miles de palabras que salían de tu boca. Sentada a la orilla de mi cama, los cientos de historias repetidas y el recuento de las principales noticias habías visto en Facebook (ahora eres más tecnológica que yo), me las arrojabas «sin prisa, pero sin pausa» cuando vivíamos juntas.
Cómo no rememorar esas marcas que se acentúan en tu rostro cuando, sin control, «ebulle» tu risa… tus ojos se cierran y el diastema de tu dentadura adorna tu alegría.
Ese ánimo siempre vive en ti, esa luz inmensa que brilla sin importar estación… que han servido de guía sin mutilar lo que ninguna de tus hijas quiso ser. Nos celebraste y celebras en cada acto de entrega desinteresado para con nosotras: desde cambiarnos un par de zapatos estropeados, cuando los tuyos estaban en peor condición y sí, los seguías usando.
Recientes
Tu brío, tu obsesión de mirarte al caminar sin darte cuenta y ser ese ser tan complejo para elegir un vestido… el que, por cierto, termina en mi armario y disfruto de contarles a todos era tuyo. Y es que no puedes evitar enseñarme cada pieza entra a tu clóset, esperando te envíe fotos desde el ascensor de mi casa para ver cómo las combiné para ir al trabajo; y yo, en plena felicidad, recibo tu piropo y me pavoneo con tu ropa.
Tu voz desentonada al cantar… pero no paras –eso lo heredé-. ¡Nada te avergüenza! Ni siquiera la emoción descontrolada que te genera un helado de dulce de leche. O que cada vez que has enfermado me pides cocinarte un asopao y pones de vuelta y media a papi solo para elegir la sopera adecuada que te inspire. Porque hasta para elegir una vajilla tienes que sentir inspiración.
El tesón te sobresale, la constancia te decora. El amor te brota por los poros y mantienes ese eterno estado de enamorada empedernida por papi, el que sigue recorriendo cada rincón de tu cuerpo 40 años más tarde.
Celebro tu auténtica forma de ser, la que me ha enseñado a «disfrutar los pequeños instantes de la vida». «Dios me la haga una mujer de bien», fueron tus primeras palabras cuando nací –me lo has contado millares de veces–. Gracias por el enorme compromiso me lanzaste al destino de mis días. Por ti construyo, en cada segundo, una vida basada en valores y honradez. Si algo he de pedirle a Dios es permitirme ser, como madre, la cuarta parte de lo que has sido tú. Sientes lo que siento, aún sin yo misma entenderlo.
Mami, ¡tu amor se siente hasta los huesos!

