“Preocupante” sería la palabra ideal para definir mis últimas noches. Esta mañana, decidí levantarme un poco más temprano de la cama y empezar a redactar en mi portátil, como si se tratara de una escena clásica de “Sex and the City”.
Recientemente, la palestra pública dominicana se ha girado con parcialidad al nuevo gabinete político y sus personajes, trayendo como resultado un sinnúmero de artículos se han hecho públicos en medios respetados y redes sociales.
¿Mi preocupación? Les confieso que mi inquietante pensamiento se ha tornado en base a la vulgar prostitución del tan anhelado título de “Ícono de la Moda”. Dejemos algo claro: el título en cuestión no se le asigna a alguien que “la pega” o “tiene un buen acierto”, sino que trae consigo un estilo.
Al contrario, un estilista no guía a estas personalidades, sino que son ellas quienes trazan las pautas, pero, para evitar parcialidades personales, vamos a apegarnos al concepto global. Veamos:
¿Íconos de moda?
Un ícono de la moda es una figura pública que, por su imagen personal y determinado estilo a la hora de cuidar su aspecto, ha marcado y provocado que un gran número de personas imiten su estética y que artistas y casas de moda se inspiren en ellas.
En otras palabras, es aquella celebridad con capacidad de ser bien reconocida por un estilo marcado, constante y seguido por otras personas. Un buen look en un evento determinado no te hace un “ícono”.
Actualmente, la palabra se asigna de forma indiscriminada, abierta y personal, confundiendo cada vez más a los menos letrados en el área. Si buscamos ejemplos de “mujeres como referencias de estilo dentro de la historia de la política”, entonces será necesario citar a Jacqueline Kennedy y Eva Perón, mujeres que ingresaron a la atmósfera pública con un lineamiento de imagen único y que, a través de los años, siguen siendo recordadas por cientos de outfits que sí marcaron tendencia.



Se aplauden las apariciones públicas del nuevo gabinete y su entusiasmo al trabajar (en ocasiones) su imagen de manera adecuada, pero, en teoría y en práctica, “Al César lo que es del César” o, mejor dicho, “El título a quien se lo merece”.



