Su cara iluminada me calmó el corazón cuando nos lanzaban la estrepitosa noticia.
Ella y yo, una al lado de la otra, recibimos el balde de agua fría que me erizó por completo, mientras su escueta sonrisa inconsciente sepultó la pena y agonía.
En la adrenalina del momento y las decisiones apresuradas cuando –a ciencia cierta– no comprendía lo que sucedía, de ella seguía brotando esa paz que cosecha en su alma. Y aún bajo el manto de la incertidumbre y los pronósticos más catastróficos, sus señas de la edad enmarcaban el sentimiento de alegría con el que siempre se mantiene.
Recientes
Nos diste serenidad cuando éramos nosotros los que debíamos regalarte esperanzas. Con una que otra llamada a hurtadillas para ver a tus nietos, te fue suficiente para que la bonanza habitara en todo tu ser aquellos días en UCI; y, desde el aislamiento, nos contagiaste a todos tu sosiego y optimismo.
Porque en tempestad nos seguiste dando luz.
Porque tus carcajadas no se dejaron nublar.
Porque todavía en la tensión, las fuerzas fueron mayores para que persistieras predicando la palabra.
Porque la crisis la mutaste a esperanza, a agradecimiento…
Tu vida es regalo, tu esencia es bendición, tu salud es la respuesta a las peticiones que les hicimos a Dios.
P. D.: La hija regocijada que sigue sin entender la nobleza del corazón de su madre.

