Desde temprana edad, recitaba los temas de Pablo Milanés así como los de Joan Manuel Serrat y, en mi subconsciente, siempre estuvo presente aquella canción de cuna: “Penélope”. No sé si se cuela en los listados de títulos para adormilar a los niños, pero sí fue la elegida por mi padre para “incentivar” mi imaginación.
A los 9, era una fanática empedernida de Chayanne (algo así como Margarita) y, durante la adolescencia, Los Héroes del Silencio, junto a una extraña mezcla de los Backstreet Boys forraban, en contra de la voluntad de mami, las paredes de mi habitación. De ahí, esta cultura musical diversa se extrapolaba a unos inexplicables outfits, que variarían constantemente, según el cassette que escuchara durante el día. Unos eran más de vestidos y otros se colaban en los límites de la cultura rock o, como muy famoso se volvió en los colegios y bachilleres de aquellos años, “metal”.
Esa “evolución”, si así pudiera llamarse, se fue consolidando con MTV, la música alternativa local, el tecno y hasta aquellos conciertos de Shakira en el Quisqueya, cuando elegía los vaqueros que arrastraban y mi abuela me peleaba porque “barría” toda la calle con ellos.
Pero, mientras estas inspiraciones rockeras definían mi personalidad, un grupo, en paralelo, se dejaba inundar del rap y eran asiduos a los famosos “parties de marquesina”, donde el maquillaje colorido comenzó a tener fuerte presencia.
Recientes
Todas llevaban sombras de ojos azul. Las jovencitas contábamos los días para cumplir los 15, ya que era la edad tope para permitirnos depilar las cejas como un hilo negro fino, lo peor que ha podido pasar en la estética femenina. Era una época de cortar revistas, hacerse la pollina de Selena, elegir camisetas negras, ensuciar tus Converse…
Vivimos la muestra evidente de la convergencia que siempre ha existido entre la música y la moda, “dos familias de muchos hijos” que han ido impregnando su diversidad cultural en las sociedades. No hay que irse muy lejos para analizar el poder de las grandes figuras de la industria del entretenimiento en las principales corrientes artísticas y su repercusión en las grandes pasarelas y, más aún, en el fast fashion.
Música y moda
Dos áreas que recorren juntas la evolución del humano y su traducción expresiva de lo que vive, siente y padece. Ramas que confluyen entre sí y trascienden en el valor intangible más grande de un ser: su alma. Todos tenemos un soundtrack que nos acompaña con vaqueros, deportivos, vestidos románticos o zapato de tacón… Pero habrá una constante ineludible: vestimos lo que escuchamos.

