La cena de Nochebuena en mi casa era una cosa sin comparación. Éramos solo cinco personas. Los preparativos para la noche del 24 iniciaban el día anterior, la visita al mercado y a los distintos puestos de venta en busca de los ingredientes, ya dejaba a uno exhausto por el trajín de la multitud.
La celebración de las fiestas navideñas se sentía como un compromiso, como una tradición, con cosas que no entraban en negociación: la cena del 24 llevaba platos específicos.
La actividad en la cocina empezaba desde la mañana. Por alguna razón que desconozco, ese día era cuando más hambre se sentía y entonces se la pasaba uno picando todo el día: coquitos, frutas, dulces de gomitas… por cierto, qué mal sabía siempre la de color verde.
Recientes
¿Se acuerdan del dicho que reza que éramos más pobres, pero más felices? Pues en eso estoy pensando ahora, que el virus también nos privará de la tradicional cena de Nochebuena y de las fiestas navideñas con toda la familia.
Cuando se servía la cena en casa, apenas quedaba espacio en la mesa para los platos donde comeríamos. Por un lado el pollo y el cerdo asado, el platazo de moro de guandules, un bol de yuca encebollada, y a su lado también guineítos salcochados, la ensalada rusa con remolacha, la ensalada verde y la telera rebanada.
Junto a todo eso, también el envase con todas las frutas. Esa noche nuestra mesa parecía un bodegón de banquete caribeño, que al día siguiente renacía con todos sus sabores en un rico «recalentao».
Parte del ritual era el discurso de papá, agradeciendo por los alimentos y por la dicha de estar todos juntos mientras usaba un muslo de pollo como micrófono para llamar la atención de su público.

