El intruso
Abuelo Yamil tenía una colección de hermosas cucharas de té, colocadas justo en la entrada de su casa. Recuerdo mirar esas cucharas detenidamente, detectando en su diseño, y en sus más delicadas características, cómo eran esos lugares mágicos nombrados en sus inscripciones. Múnich, Wiesbaden, Génova y Beirut.
Su colección estaba colocada en un muestrario de una madera preciosa, recubierta por una tela de pana, color púrpura real. Sabía que cada una guardaba un recuerdo. Nunca me atreví a tocarlas. Cada cuchara tenía una personalidad y pequeñas señales en las que trataba de adivinar claves de su pasado, antes de llegar a estar en manos de mi abuelo.
Algunas de las cucharas eran obras maestras de orfebrería, de un metal precioso con hermosos detalles. Otras eran cucharas de souvenir, con el nombre del país y elementos comunes, como sus banderas. Muchas otras eran simples cucharas de té, tan simples como la tarde en la que él las tomó de un café en algún lugar del mundo. Me llenaba de intriga preguntarme qué sabían estas cucharas sobre mi abuelo que yo no sabía. Qué tuvo de particular esa conversación o ese lugar para que él haya decidido guardar un memento.
Junto a las cucharas estaban las pocas fotos que he visto de su juventud. Retratos en blanco y negro, y sepia, donde se le veía lleno de energía y propósito. Abuelo en las pirámides, rodeado de amigos y sonriente. Abuelo con sus hermanos en Belén. Aún como niño, sabía que había un misterio en el espacio vacío entre sus retratos y las cucharas de té. La distancia entre el joven revolucionario, lleno de valentía y convicción, y el abuelo tierno que me sentaba en sus piernas a contarme cuentos árabes llenos de adivinanzas, que siempre terminaban en una moraleja.
En sus historias, uno o más personajes se enfrentaban con una decisión crucial, que tenían que resolver a través de acertijos y pruebas de carácter, donde el que mostrara mayor integridad y valor era recompensado con un tesoro o la mitad de un reino, o el amor de una princesa.
Sus ojos verdes brillaban, mientras me contaba las historias de su melancolía por un mundo desaparecido, un lugar lleno de magia y sabiduría, donde los príncipes se rodeaban de sabios y poetas, y el desierto tenía un significado vasto y reverente. Un lugar al que yo sabía que también pertenecía y del que solo tengo sus historias, mi nariz y el apellido.
De las historias familiares, yo podía conectar los puntos de cómo nuestra familia había llegado de ese lugar a esta isla, pero mi curiosidad se centraba en entender el trayecto interno del joven de las fotos que se convirtió en un padre de familia y respetable miembro de la comunidad en San Juan de la Maguana. Cuando las historias las contaba uno de mis tíos, hablando de él como padre, me pintaban un retrato de abuelo diferente al de las fotos; Al del joven soñador que viajaba por el mundo recolectando cucharas de té.
Yo sabía que, las leyendas que abuelo me contaba eran su manera de dejarme su historia, de la única forma que sabía contársela a un niño. Con el tiempo, aprendí que él, al igual los personajes de sus historias, se había enfrentado a una decisión crucial y el tesoro al final de su historia habíamos sido nosotros, sus nietos.
Lo que era claro, en todo lo que sé sobre mi abuelo, tanto de sus días en Palestina como de su vida aquí, era de su carácter intachable, su gentileza con todos, un caballero chapado a la inglesa, que combinado con su erudición lo hacían un agradable conversacionalista.
Me moría por escuchar las conversaciones que escucharon esas cucharas. Por eso, las admiraba una y otra vez. Descubriendo cómo cada característica, cualquier aparente simplicidad, escondía al hombre que fue abuelo Yamil, de quien, mientras sigue pasando el tiempo, sólo quedarán estas historias y las cucharas que, hasta el día de hoy, guardadas en algún lugar en su muestrario de pana, aun conocen a mi abuelo mejor que yo.

