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El parque de San Juan

En el centro de San Juan de la Maguana había un parque alrededor del que pasaba toda la vida del pueblo. Los niños jugaban “tapita” y “trúcamelo”, las niñas al “topao”, los hombres iban al mercadillo a brillar sus zapatos y discutir política, y, en las tardes frescas, las mujeres caminaban en pares. Sin conocerse aún, mis padres, cuando eran niños, se cruzaron muchas veces por este parque, aunque ninguno lo recuerda.

La primera vez que se acuerdan haberse conocido fue en un viaje a Puerto Rico, cuando tenían nueve y diez años. Mi abuelo materno, que era el médico familiar de los Michelén, estaba visitando a un hermano de Abuela Miriam. De este viaje, mi papá recuerda la aventura del vuelo en avión y los percances en el aeropuerto; mi mamá rememora lo expresivo que fue mi papá al contarle la historia y los sonidos que agregaba para efecto dramático.

Pese a que ambas familias eran cercanas desde hacía mucho tiempo, el mundo de niños de mi papá y el mundo de niñas de mi mamá, aunque se cruzaban, todavía no se tocaban. Para mi padre y sus hermanos, todo San Juan era su patio y, con un pequeño ejército de primos y mejores amigos, jugaban por todo el pueblo, donde los adultos eran “tíos” y todos conocían a todos.

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Para mi mamá y sus hermanas, el parque era su patio. La casa de abuela Lillian estaba enfrente, y ahí pasó los mejores momentos de su infancia: jugando con las amigas, yendo al cine con 10 centavos, y sentándose con sus amigas en un banco debajo de un enorme laurel a comer helados de avena y dejar el tiempo pasar, siempre bajo el cuidado reservado para las hembras, donde habían esquinas a donde se les prohibía ir,y el llamado para volver a la casa era ley.

Poco tiempo después de ese viaje a Puerto Rico, ambas familias se fueron de San Juan para siempre, primero la de mi mamá y luego la de mi papá. No fue sino hasta que, muchos años después, en Santo Domingo, un profesor que tenían en común organizó una Convivencia entre sus cursos, en La Salle y el Veritas, que se volvieron a encontrar. Mi mamá recuerda haberle dicho a su hermana: “a mí me encantaría tener un novio como ese muchacho”

Aquel niño que contaba historias se había vuelto un joven curioso y culto, con ojos brillantes, que buscaba para enamorarse una muchacha a la que le gustara tanto los libros como a mi mamá, y que compartiera sus intereses. Luego de la Convivencia, fueron juntos a una cena y, desde ese momento, comenzaron su amistad.

En Semana Santa del 77, con 16 y 17, se encontraron en una fiesta en Jarabacoa y, esa vez, hablaron toda la noche. Ese día, mi papá, nervioso, le pisó un pie bailando y prometió prestarle un libro de Herman Hesse. Creo que ese fue el momento en que mi mamá se enamoró.

Unos días después, mi mamá llamó a mi papá porque había visto un anuncio en el periódico de un curso de cine que pensó le podía interesar, y el resto es historia. Mi historia. De cómo dos niños que hicieron la Primera Comunión juntos, más tarde se casaron, uniendo para siempre las dos historias que comenzaron en aquel parque de San Juan.

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